Ciencia y Tecnología: La Era Postgenómica-Postinformática (PGPI)

Nueva Era

Según la teoría de las Revoluciones Tecnológicas de la economista venezolana Carlota Pérez, en los últimos 200-250 años de historia del capitalismo industrial el mundo ha experimentado cinco revoluciones tecnológicas, cada una de las cuales ha dado origen a un nuevo paradigma tecnoeconómico (ver imagen abajo). Basada en un marco schumpeteriano la autora comenta que ahora estamos experimentando la transición entre el quinto paradigma tecnoeconómico, el de las “Tecnologías de la información y la comunicación (TIC)”, que comenzó en los años 70 del siglo pasado (con su evento big-bang: la creación del microprocesador de Intel), y el futuro sexto paradigma.

Revoluciones tecnológicas y paradigmas tecnoeconómicos. Extraído de “DINÁMICA DE LA INNOVACION Y OPORTUNIDADES DE CRECIMIENTO”, Carlota Pérez (Santiago de Chile, 2004).

De acuerdo con la autora, una evaluación de nuestro paradigma actual es útil para pronosticar cómo será el próximo paradigma tecnoeconómico. También nos ayuda a pensar en la revolución tecnológica, política y económica que aquello supone. Pérez propone que la biotecnología y la nanotecnología serán uno de los principales actores en la producción de bienes y servicios futuros. Siguiendo la teorización de Pérez, semillas que darán origen al próximo paradigma tecnoeconómico fueron incubadas dentro del quinto paradigma (TIC), en el que aún vivimos. Si bien la autora no se refiere literalmente a aquello, es probable que esté hablando de lo que ciertas personas entienden como La Bioeconomía (en otra entrada se discutirá al respecto).

Por su parte, si bien las biotecnologías no son centrales (la energía en base a biomasa se menciona), otra visión que podría considerar relevante a la bioeconomía –sobre todo la producción de biocombustibles de segunda y tercera generación– es la que se desprende del libro The Third Industrial Revolution: How Lateral Power Is Transforming Energy, the Economy, and the World, escrito por el sociólogo y economista estadounidense Jeremy Rifkin.

La idea central de Rifkin es que “las grandes revoluciones económicas en la historia ocurren cuando nuevas tecnologías de comunicación convergen con nuevos sistemas energéticos”. El autor puso atención al tipo combustible que se ha utilizado para poner en marcha las dos grandes revoluciones industriales que han ocurrido a la fecha, que, a su vez, han dado origen a dos infraestructuras comunicaciones y energéticas. En la primera, la estrella fue el carbón (siglo XIX); en la segunda (siglo XX), el petróleo. Rifkin menciona que la tercera revolución industrial implica la creación de una red global –al estilo Internet– en donde exista una descentralizada producción de electricidad basada en energías renovables (paneles solares o biomasa, por ejemplo). Ella, tendría que suplir necesidades energéticas globales. Si aquello ocurrirá, o no, es futurismo; por lo demás, desde plataformas acríticas es substrato para un robusto determinismo tecnológico.

Rifkin explica cómo se ha reunido con diferentes actores del mundo político, empresarial y académico en Europa y los Estados Unidos de América, para dar a conocer la necesidad de la implementación rápida de la tercera revolución industrial. A su vez, relata ciertas experiencias actuales que reflejan una colaboración económica opuesta a la habituada competencia que muchas veces se piensa como la piedra angular del éxito social de la tecnociencia. En este contexto, el autor señala que son necesarias nuevas relaciones de poder horizontales.

En una visión más profunda, desde una ecología responsable (lejana a ambientalismos panfletarios), las palabras de Rifkin nos dicen que coexistimos dentro de nuestra ecósfera de manera petrolífera. La producción misma de bienes y servicios se expresa como una economía-petrolera no solamente en términos tecnológicos, sino que ecológicos y sociales. Numerosas relaciones establecidas entre seres humanos y otros componentes bióticos y los factores abióticos del planeta, están subyugadas y/o conducidas La Era del Carbono. Veámoslo en sus palabras:

Crecemos nuestra comida en fertilizantes y pesticidas petroquímicos. La mayoría de nuestros materiales de construcción –cemento, plásticos, y otros– están hechos de combustibles fósiles, como la mayoría de nuestros productos farmacéuticos. Nuestra ropa, la mayor parte, está hecha de fibras sintéticas petroquímicas. También, nuestro transporte, energía, calefacción e iluminación se basan en combustibles fósiles. Construimos una generación completa en base a depósitos de carbono exhumados desde el Periodo Carbonífero.

Asumiendo que nuestra especie de alguna manera se las arregle para sobrevivir, yo siempre me pregunto cómo una futura generación que viva 5000 años en el futuro llamara a este particular momento en la saga humana. Ellos probablemente nos conocerán como las personas de los combustibles fósiles y a este periodo como La Era del Carbono, como nosotros nos hemos referidos a los periodos pasados como edades de Bronce y de Hierro.

Entonces, ¿con qué nos quedamos? ¿Con que, hemos vivido dos revoluciones industriales o cinco revoluciones tecnológicas? ¿Con que, estamos viviendo en el quinto paradigma pereziano (en transición al sexto) o en La Era del Carbono rifkiana? ¿Es necesaria, por lo tanto, una conciliación entre ambas visiones? ¿Y, dónde dejamos los componentes tecnológicos de la revolución del neolítico? ¿Los grandes avances tecnocientíficos del Mundo Islámico o de la apropiación europea de Las Américas?

Tal vez aquellas no son las preguntas correctas. Tal vez, siquiera son necesarias. Lo que es importante rescatar es que ambos marcos teóricos son útiles para (re)pensar ciertas emancipaciones contemporáneas. Ambas visiones son claras al poner atención a lo técnico –con enfoque en la innovación– y sus influencias societales; es decir, que la disrupción tecnológica deviene en disrupción política, económica y cultural (la flecha en el sentido contrario también aplica). En particular, la tercera revolución rifkiana puede implicar para algunas personas un llamado a considerar la edificación de una economía verde y colaborativa.

El hecho de que nuevas formas comunicación o transporte emergen con la masificación de nuevos artefactos (correo electrónico y aviones, por ejemplo) implica que nuevos problemas, nuevas instituciones, nuevas leyes, nuevas normas y nuevas costumbres también lo hagan; a su vez, lo preexistente se debe reestructurar y/o desaparecer. Aquellos son aspectos que están sujetos a la lucha por el poder y la existencia de conflictos entre grupos de interés. Por lo tanto, no es incorrecto decir que los artefactos poseen una dimensión política. En este sentido, comenzando la tercera década del siglo XXI ¿qué tan anacrónico es pensar el acceso a Internet o a nuestra información genética como derechos fundamentales? ¿Es necesario legislar sobre la protección de nuestra información virtual y genética?

La era postgenómica-postinformática

Sin sacrificar las visiones de Pérez y Rifkin, pero tampoco entrando en conflictos de categorizaciones numéricas, es posible decir que actualmente vivimos en algo podríamos denominar la era postgenómica-postinformática (PGPI). En la era PGPI, futurismo tecnológico también es posible de profetizar. Nano y biotecnologías en compás con inteligencias artificiales prometen un 21avo siglo un tanto diferente. Humanos modificados genéticamente y viajes de exploración extra-planetaria. Machine learning, CRISPR y tecno-líderes (trinomios del estilo Gates-Bezos-Musk) de la mano a construir distopías/utopías que conciernen sobre todo a transhumanistas. Aparentemente, el futuro nos espera con más (¿y mejores?) cosas que las que ya estamos desarrollando y experimentando en el presente.

Postinformática, nuestra era, porque ocurre incrustada en una tecnoeconomía global que emerge posterior a la revolución del microprocesador (1970s). Postgenómica por ocurrir después de la culminación y publicación del Proyecto Genoma Humano (PGH) en el año 2000, y múltiples proyectos de secuenciación de genomas ulteriores.

En cultura popular los efectos de la revolución del microprocesador son conocidos, principalmente debido a diversidad de bienes y servicios que emergieron a partir de la tecnología basada en silicio; ellos han influenciado las forma en que nos comunicamos y almacenamos información. No obstante, no existe considerable discusión en torno a la incidencia social de la biotecnología contemporánea centrada en información genética (contenida en el ADN). En particular, entre los años 1990s y 2000s, ocurrió un refinamiento de las tecnologías de secuenciación (lectura) de ácidos nucleicos (ADN principalmente). Aquello, sumado al descenso de su valor monetario (figura de abajo), y por ende su masificación, incentivaron que hoy en día exista una masiva acumulación de datos genéticos (genomas secuenciados y descifrados) que supera la capacidad de trabajar con los productos génicos (proteínas o ARNs) de aquellos.

Costo decreciente de secuenciar (DNA Sequencing) y sintetizar (DNA Synthesis) ADN en el tiempo. La Ley de Moore (https://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Moore), el decrecimiento de costos cada dos años, se grafica a modo comparación. Imagen tomada de Hajimorad and Gralnick (2020) (doi:10.1109/mpot.2016.2612478).

Por ende, se ha hecho necesario establecer plataformas bioinformáticas dedicadas al genome mining (la utilización sistemática de herramientas computaciones con la intención de detectar, caracterizar y predecir la función de genes) y a la interpretación racionalizada de los datos genómicos. Incluso nuevas disciplinas científicas han emergido debido a ello. La genómica comparativa, por ejemplo, nace al alero de la acumulación de datos genómicos y metagenómicos. Negocios, y productos, con que la sociedad civil no contaba antes del PGH emergen. Los test genéticos de naturaleza directo-al-consumidor, como 23andMe o AncestryDNA, son mercancías por excelencia en la era PGPI.

A su vez, tecnologías de síntesis (escritura) (figura de arriba) y manipulación (edición/modificación) de ADN, se entrelazan para transformar la forma en que se percibe, se estudia y se utiliza La Vida. El auge de la Biología Sintética (para ciertas personas, una aproximación a las ciencias biologías desde aspectos de la Ingeniería Eléctrica) refleja aquello. Desde computación basada en ADN hasta fotografía que utiliza bacterias, pasando por la eliminación genética de enfermedades, biosensores que en minutos detectan cánceres, y la producción de biocombustibles comandada por levaduras autoprogramables, la Biología Sintética no solamente representa una nueva cultura tecnocientífica en que disciplinas que antes parecían lejanas, como es el diseño de circuitos y la biología molecular, entran en conversación, sino que también posee un potencial económico disruptivo (ver siguiente video; activar subtítulos si fuera necesario).

Preguntas en la era PGPI

Al igual que en otras épocas de momentum tecnosocial, en la era PGPI, la idea del cultural lag (traducido como desfase cultural) cobra relevancia clarificadora. Nos hace poner los pies sobre la tierra al momento de analizar artefactos en contextos culturales, políticos, económicos, éticos e incluso medioambientales. El cultural lag pone atención al periodo de tiempo en que cierta sociedad adopta (o no) tecnologías disruptivas, nuevos inventos e innovadores artefactos. Ocurre con fármacos, por ejemplo. Antibióticos, vacunas y anticonceptivos.

¿Cuánto será el tiempo en que la anticoncepción química masculina sea altamente extendida? ¿Ocurrirá o no ocurrirá? ¿Dependerá de la sociedad en la cual se esté pensando implementarla? ¿Debería ser regulada? ¿Qué grupos sociales deberían intervenir en la generación de políticas públicas si es que aquellas existen? ¿Existirían subvenciones estatales para la producción privada de ellas o laboratorios nacionales-sin fines de lucro producirían dosis genéricas a precio costo? ¿Ambas? ¿Habrá competencia? ¿Cómo operarían las regulaciones en torno a protección de propiedad intelectual que podrían entrar el conflicto con el acceso segregado a aquellos fármacos?

En la era PGPI, transporte, también, es un tema a considerar. Prontamente, tal vez una mayor cantidad vehículos que se conducen de forma autónoma inunden las calles de ciertas urbes. Tal vez, la construcción de carreteras con paneles solares hexagonales en vez de asfalto común y silvestre (Solar Roads, en inglés) vea la luz. Tal vez, el turismo exo-planetario llegue a puerto comercial. ¿Afectaría aquello a la forma en que validamos el actuar de personas que conducen en estado de ebriedad (en principio ya no se estaría literalmente conduciendo un vehículo con alcohol en la sangre)? ¿Influenciaría las relaciones económicas y dinámicas de poder entre compañías de petróleo y los Estados contemporáneos? ¿Promovería un cambio de paradigma en la industria turística? Respectivamente.

La Ciencia por sí misma no tiene respuestas a estas preguntas. Aquello más que una limitación es una oportunidad para que la comunidad científica sea capaz de empatizar y trabajar políticamente para que la inversión (social) en investigación y desarrollo sea sinérgica en la construcción de nuevas formas de vivir.

Finalizando, el entender las dimensiones sociales de la tecnociencia en nuestros escenarios actuales, en la vertiginosa y revolucionaria época en que vivimos, requiere entender que nuevos-artefactos-biológicos (por ejemplo, proteínas recombinantes incorporadas dentro de una chaqueta; ver imagen abajo) reflejan historias y traen consigo preguntas no-científicas de corte cultural, ético, económico, político y ambiental.

Moon Parka: chaqueta que utiliza resistente seda sintética (en base a proteínas de araña producidas en levaduras). Imagen extraída de http://www.spoon-tamago.com/2015/10/20/moon-parka-outerwear-made-from-synthetic-spider-silk/

Un comentario en “Ciencia y Tecnología: La Era Postgenómica-Postinformática (PGPI)

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